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Publicación Trimestral del Congreso Mundial Menonita
Segundo Trimestre 2002, Volumen 17, Número 2
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Líderes del CMM encuentran que la postura de paz es central para la vida
y el testimonio, en visita pastoral a tres grupos menonitas congoleños

     Estrasburgo, Francia — Iglesias menonitas de la República Democrática del Congo dieron cálida bienvenida a la visita pastoral de líderes del Congreso Mundial Menonita en setiembre y octubre pasados. Integraban la delegación el presidente del CMM, Mesach Krisetya y su esposa Miriam, de Indonesia, y Larry Miller, secretario ejecutivo del CMM, y su esposa Eleanor, de Francia.
     En el Congo, donde vive la segunda mayor población menonita en el mundo, hay tres conferencias menonitas: CEM (Comunidad Evangélica Menonita); CMCO (Comunidad Menonita del Congo); y la CEFMC (Comunidad Evangélica Hermanos Menonitas del Congo). Sus oficinas están en Mbuji Mayi, Tshikapa, y Kikwit, respectivamente. El equipo del CMM visitó a las tres, como también a numerosas iglesias, escuelas, hospitales, y oficinas. Mesach y Larry hablaron, a menudo espontáneamente, en encuentros grandes y también predicaron muchas veces en los cultos. Ambas parejas fueron recibidas en hogares, y los visitantes fueron hospedados en una casa de huéspedes de la iglesia.
     En todas partes fueron saludados con entusiasmo, comenzando en el aeropuerto de Kinshasa, donde los tres presidentes de las conferencias y el presidente del Comité Inter Menonita los esperaban. Era la primera vez que estos líderes congoleños estaban juntos. Algunos cultos reunieron también gente de diferentes conferencias por primera vez.
     “¡Quienes nunca hayan experimentado una bienvenida congoleña no saben lo que han perdido!” dice Eleanor. Hubo procesiones, bandas, canto, danzas, ondear de ramas de palmas, y gritos de niños. Mujeres en llamativos atuendos y trajeados dirigentes los saludaron con apretones de mano y abrazos. Filas de coches los acompañaron desde los aeropuertos a las iglesias.
     “El torrente de hospitalidad, alegría y agasajos — a pesar de la drástica escasez económica — nos avergüenza”, reflexiona Eleanor.
     En el pasado los misioneros ofrecían a la gente “el cielo en el futuro”, observa Mesach, “mientras el cielo en el presente está todavía lejos de su realidad”. Con una infraestructura en ruinas, la gente se siente aislada. Iglesias, escuelas, y hospitales están lejos y muchas veces carecen de techos y están pobremente equipados; las bibliotecas universitarias tienen pocos libros; los pastores no reciben salario; las viviendas son inadecuadas; y los sueldos son magros. En muchas familias, los adultos comen un día y los niños el siguiente.
     Viendo como el mundo se resquebraja a su alrededor, los menonitas congoleños encuentran vida y vitalidad en sus iglesias. Las mujeres, que son mayoría en las iglesias, tienen increíble energía y creatividad. Fueron las primeras en promover conferencias trabajando juntas. Un creciente número de ellas tiene formación teológica. Enseñan y dirigen grupos, pero no tienen espacio en las estructuras de la iglesia. Esta es una de sus grandes preocupaciones.
     El equipo del CMM quedó impresionado por la centralidad de la postura de paz entre los menonitas congoleños, una convicción que creció por las guerras y sufrimiento que han experimentado. Después del 11 de setiembre, celebraron reuniones de oración de toda la noche, expresando preocupación por los estadounidenses y orando que los ciudadanos de los Estados Unidos tuvieran el valor de no buscar vengarse por medio de una guerra.
     Les tomó dos años a los Miller y a los Krisetya conseguir documentos para entrar y cruzar este país despedazado por la guerra. Los problemas no terminaron al llegar a Kinshasa. A veces esperaban aviones que no llegaban, y volaban en aviones de carga sin cintos de seguridad, sentados en bancos entre equipajes que se movían de un lado a otro. Un viaje de 180 kilómetros en un landrover duró 12 horas pasando por 17 controles del ejército, rodando sobre caminos que eran como ríos o simples huellas que solo los conductores locales podían ver. Había hoteles sin electricidad ni agua corriente por las noches y largas esperas en calurosos aeropuertos sin nada para comer. Pero también hubo fiestas y ceremonias y encuentros con individuos increíbles.
     Conocer a la madre de uno de los miembros del personal del CMM, Pakisa Tshimika fue “un momento sagrado”. Esta mujer menuda de profunda fe y oración había sostenido a su familia unida a través de muchas pérdidas. Se disculpó por no tener comida para servir, pero pidió que le permitieran orar con sus huéspedes del CMM porque “son parte de la familia”.
     Los menonitas congoleños no necesitan recibir más evangelistas; tienen los suyos propios, que son capaces y más acordes con su cultura, dijo Mesach. Necesitan ayuda para formar a sus líderes y para encarar negocios prósperos. También necesitan ser aceptados como colegas en la misión de Dios en el mundo.

— Ferne Burkhardt


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